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“En sus ojos ya ardía Troya, en las altas llamaradas de la ruina”

Alessandro Baricco, Homero, Ilíada.

Estas cosas se justifican “estratégicamente”, de modo que cualquier voluntad de ver detrás del pequeño giro de ángulo el desplazamiento que extendido en la distancia acabará por llegar parece, hoy por hoy, exagerada. Y sin embargo, en el pequeño ángulo está expresada ya esa enorme distancia, tanto mayor cuanto que además la inercia de giro implicará que el ángulo se abrirá cada vez más –y obviamente no en contradirección, sino abundando en la curva iniciada. Así que lo que hemos visto –en la Bienal de Venecia de este año- puede ser tomado como una mera puesta en orden necesaria después de años de presunto exceso –de ruido, de discursos, de apertura a problemáticas políticas y postpolíticas, de derivas contextuales, de dispersión hacia escenarios otros, de hibridaciones varias, de verborreas transculturales, identitarias, … de todo un escenario parergonal (par-ergon: lo que rodea a la obra) que, parece ser, amenazaba con asfixiar el núcleo mismo de lo “puro” artístico, de su “experiencia”. A saber, el encuentro intensificado y presencial del sujeto de experiencia con la obra de arte en sí, en su pureza desnuda. El giro adoptado en la Bienal marca una voluntad muy nítidamente expresada de retorno a ese núcleo purísimo del encuentro artístico, amparado en la protección infalible de la mirada museal, estable y protegida frente a todo ese exceso de ruidos varios –y el montaje tiene muy marcadamente ese carácter neo-gestáltico, diría.

Estratégicamente, el giro es saludado como algo que se necesitaba: después del ruido y la confusión de la Bienal Bonami –y su desmultiplicación en un proceloso archipiélago de miradas facetadas, abiertas en rizoma y desparramadas en una orbitalidad equívoca de desterritorializaciones varias e intervenciones cada vez más off y off-off- todos los asistentes parecen agradecer el momento de orden, claridad y despojamiento cuasifranciscano por el que ha apostado esta bienal. La multiplicación se limita, el número de artistas, escenarios y curadores de subcontrata también, y hasta desaparecen los discursos críticos que ampararían ideológicamente el giro, la idea que lo acompaña. Pero esto tampoco es una falta dramática porque justamente la idea es que el arte no necesita de ninguna (que se exprese fuera de él, digamos), como tampoco necesita (y aún se extravía) en toda la jungla parergonal. Despojado de toda ella, el arte vuelve a su escena primordial (el acto inmersivo de la experiencia estética), y en ella el buen hacer del curador consiste en, únicamente, propiciar este despojamiento, conducir el encontronazo feliz del espectador y la obra a su acontecimiento desnudo, intensamente aurático.

La cuestión es que todo lo que viene detrás de ese pequeño giro estratégico vendrá efectivamente detrás, y que obviamente podemos ver en este signo del tiempo el repunte desde un valle en el que había tocado fondo una cierta forma de hacer. Es evidente que la experiencia y lucidez de María Corral le permiten salir airosa en la ocasión: su selección –de obras- es impecable y se autosostiene con fuerza propia (aunque uno se pregunta si una apuesta como la presentada no es mucho más adecuada para una colección museal que para una Bienal, a la que uno asiste para conocer lo candente que se debate en su tiempo), pero inevitablemente el au delá de Rosa Martínez derrapa en la operación, seguramente porque su apuesta requiere de forma mucho más intensa del comentario, del parergon, de la socialización participadora y de una generalizada exteriorización a los dispositivos reflexivo-críticos, las miradas otras y los encuentros híbridos multiplicados. Sin ellos, o intentando que su enunciación se produzca sólo desde dentro, la secuencia de pronunciamientos avanza no hacia un más allá deseable, sino más bien hacia un horizonte cada vez más insolvente: desde el sólido comentario inscrito del feminismo inclemente de las Guerrilla Girls al cada vez mas desleído efectismo interculturalista, atravesando el chiste inocuo de la utopía tecnológica en Mariko Mori, para acabar en un finale neomístico entonado por el ritual cuasisantero de María Teresa Hincapié, las lágrimas estelares de Stephen Nikolai o el jardín tao de Ghada Amer (entre otras varias piezas de no menor espiritualidad neomagicista).

Que el retorno al orden en los montajes y la organización de los dispositivos de exposición puede no acabar en una defensa cerrada del conservadurismo estético es lo que, mal que bien, demuestra la apuesta de Corral –aunque ese retorno al orden vendrá como inevitable siguiente paso a este primero, y si no al tiempo-. Lo que demuestra la exposición de Rosa Martínez es que tan pronto como se excluyen los dispositivos que enmarcan las lecturas críticas que avalan la investigación en cualquier más allá todavía no estabilizado, es seguro que lo que se va a colar de rondón entre los dedos es el rebajamiento de las ideas críticas en simplificadora vulgata, y el alzamiento de las beaterías y creencias propias –de un espíritu cándido, como de cuento flaubertiano- a los altares del arte. Y francamente, para quienes siempre creímos con Nietzsche, que el mejor fin del arte podría ser precisamente el librarnos de “morir a causa de la verdad”, ver cómo en su nombre se pretende entregarnos a algunas mitológicas tan simples nos obligaría antes bien a tomar partido por incluso dejar de creer en él, si la única forma en que en los próximos años se nos va a consentir hacerlo es bajo estas prefiguraciones no únicamente neoauráticas, sino a la vez, y aun levemente, neointegristas.


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ESTE TEXTO FUE REDACTADO ORIGINALMENTE PARA LA REVISTA EXITEXPRESS, EN CUYO NÚMERO DE OCTUBRE HA SIDO PUBLICADO.

Enviado por José Luis Brea a las Octubre 13, 2005 03:12 PM

Comentarios

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Publicado por: zjrxqy eonjaglu a las Abril 18, 2008 02:47 AM

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