Como tantas otras, la de la crítica es una actividad atrapada entre el ser y el deber ser. El problema para ella reside en que el territorio en el que puede ser no deja más que un lugar a su enunciado de un deber ser –propio suyo o de aquel otro sistema con el que se relaciona, el del arte. Y ese lugar no es otro que el de hacer sostenible la presunción de que –en el campo de las prácticas artísticas- el ser y el deber ser pueden coincidir en algún punto.
O digamos: que inevitablemente la crítica le hace el juego al sistema del arte, tanto allí donde lo bendice como allí donde lo cuestiona –toda vez que, en efecto, y en este caso, hace ver que ese cuestionamiento puede efectivamente tener lugar (lo que no es el caso). Podríamos decir que el juego de la crítica con su objeto, el arte, se parece al del mentiroso que sólo consigue escapar gracias al recurso de la doble negación. O quizás retomar para ella, pero invertida, la lúcida afirmación de de Man: que cuanta más resistencia encuentra -o más se enuncia su imposibilidad- tanto más ella se afirma, pues el lenguaje que ella habla es precisamente el de la autorresistencia (de la teoría contra sus propias pretensiones veridictivas, del arte contra sus propias pretensiones simbólicas, de sí misma contra sus propias pretensiones de incondicionamiento). Tomémonos ese paralogismo en serio, como heráldica global que sobrevolaría esta reflexión. Acaso entonces -y tras el fiero arrinconamiento a que aquí intentaríamos someterla- ella no podría sino salir refortalecida …