Ahora, se trata de poner juntas dos cualidades. De un lado, la de este devenir distribuido del impulso mnemónico de las imágenes y sus archivos –en lo que determina no sólo modos de apropiación colectiva de las producciones cognitivas, sino auténticas formas colegiadas de su propia producción, de su creación y generación. En ellas habrá de comparecer el “común”, esas formas de la intelección general que fundamentan de base toda la reivindicación sobre el carácter imprivatizable de los productos del saber …
Y del otro lado, la propia espontaneidad comunitarista de las imágenes, como dispositivos que tienen en su espontaneidad el compartirse, el pertenecer colectivamente –e incluso el generar en su propia eficiencia tales modos de comunidad, de la multitud.
Acaso de lo que se trata es de poner la crítica del lado en el que las prácticas artísticas pueden llevar tanto tiempo sirviendo de laboratorio de ese destino comunitarizado del conocimiento, en su enconada repulsa y resistencia hacia los modos de la apropiación privatizadora –a la que tanto sirve el arraigamiento en la cristalización materializada de objeto como subvierte su abandono y posicionamiento en el orden desencarnado del puro fantasma (o su trasunto cristalizado en los mundos, la pantalla).