Lo que está en juego –y dejémonos de pamplinas- es el tránsito para todo el sector de las prácticas artísticas desde una dominante economía de comercio (con una escena del don dominada por el intercambio oneroso de objeto-mercancía) hacia otra de distribución (en la que la producción de beneficio económico se fija en relación a la posible regulación del derecho de acceso a la información circulante, distribuida).
Indiscutible que para que ella pueda realizarse es preciso dar por finiquitada la dependencia de la exigencia de espacialización y materialización en objeto, y que sería preciso requerir a la crítica ponerse del lado y a favor de ese proceso.
Pero creo que fácilmente podría exigírsele algo más: que actuara de modelo. Que ella misma dejara atrás su propia dependencia de alguna restante “economía de objeto” –acaso el “fetichismo del impreso”. Que toda la crítica empiece a hacerse y darse online, y que los críticos solo cobraran por descarga. Démosle al lector la ocasión de vengarse en la cartera del crítico pésimo ejercitando su más elemental derecho de justa venganza: no leyéndole (y que el que no sea leído, no cobre por sus pamplinas y simplonerías sin cuento).