Tienen razón quienes se escandalizan –ante un hecho que cada vez parece más generalizado. La orbitalización de un conjunto de supuestos “dispositivos de criticidad” por parte de la propia institución-arte: revistas de crítica, blogs, congresos, elaboraciones de presuntas “historiografías alternativas”, pseudouniversidades propias …
La tremenda voracidad del museo en su capacidad de absorberlo todo –incluso y con especial apetito todo aquello que pudiera hacerle cuestión- desemboca en esta especie de generalizada mercenarización del discurso crítico –al que pone, a su alrededor, a sueldo. Dónde se habría visto tanta desfachatez en acabar con la “separación de poderes” –el ejecutivo, el legislativo y el judicial, en el campo del arte, todos a sueldo de la misma bolsa. Dónde encontraríamos tanto descaro en constituirse en juez y parte –o más exactamente, no seamos ingenuos, en proporcionarse a sí mismo legitimidad a cambio de hacer prevalecer la especie de que se invierten grandes recursos en “generar criticidad” –una falsificada criticidad, eso sí, a sueldo del amo. No, no nos engañemos: lo único que esto hace es cercenarla, arrodillarla, comprarla al mejor precio y postor –el de una fama y un prestigio que nunca adquiriría por propios medios. ¿Señales que lo confirman? Que la nómina de los contratados para estos lances casi siempre se compone de malos artistas, malos funcionarios, malos historiadores, pero sobre todo, insisto, malos artistas, artistas que en su propio espacio no han dejado nunca -ni podrían hacerlo, y ellos lo saben- de fracasar …