Mil pantallas. Acaso todavía no ponderamos bien lo que supone una red de escenarios tan diseminada y ubicua como la que representa un mundo saturado en todas partes de pantallas. Acaso todavía no ponderamos bien la singularidad que como soporte poseen –esta especie de cuadernos mágicos, en los que lo que aparece tiene la misma cualidad del fantasma. Acaso todavía no somos capaces de valorar su alcance ubicuo, la instantaneidad del transporte que proporcionan, la posibilidad de apariciones multisíncroas o simultáneas que ofrecen, la recepción privado/colectiva pero dissimultánea que propician, su carácter de heterotopías prácticas, encastradas en lo real …
Ellas realizan en el tiempo histórico la ontología propia de la imagen –cuando menos en dos dimensiones: primera la de su darse como un desvanecerse (su condición psi) y segunda su pertenencia potencial a lo colectivo no prefigurado (su carácter dialéctico).
Pero déjenme que ponga ahora sobre el tapete otra cualidad no menos fantástica: que en ellas comparecen, a renglón seguido o incluso simultáneo, no sólo de los productos culturales últimos sino también de todos los aparatos que procuran articulación crítica de un conocimiento sobre ellos …
Que ellas son el escenario de salida al mundo –o de entrada al laberinto- de interminables redes enlazadas en las que se enganchan tanto los objetos último como las mediaciones mismas que harían posible su recepción crítica.
Lo que, e inesperadamente, determina la ocasión de reacoplamiento –pero ahora secularizado, post/técnico- de los tanto tiempo desgajados valores exhibitivo y cognitivo …