Tenía razón Hal Foster en sostener que no hay posibilidad de crítica sin el apoyo de la historia, porque todo análisis en profundidad de la obra requería ponerla en paralaje, mostrarla en relación al pasado frente al que crecía –y en cuanto al que adquiría significado y dimensión. Pero esto … ha dejado de ser cierto (ninguna verdad es eterna: no me desconectes Hal).
Y ello porque la fuerza que en otro tiempo alimentaba toda su energía simbólica –que no era otra que su impulso mnemónico, su valencia como “memorial” del ser, resguardo contra la contingencia y pasajereidad del mundo- ha cambiado la dirección, la de su flecha del tiempo. Ahora ya no mira más al pasado, sino a su alrededor –al mundo que habita, a los sujetos que se postulan en su empleo. Y por lo tanto no es más la Historia la epistemología que pastorea su campo.
La cuestión para la crítica es, entonces, cómo y de dónde obtener su fuerza, la potencia para constituirse como discurso riguroso y bien fundado. Puesto que ya no es tanto el ponerse en paralaje lo que otorga potencial de simbolicidad a la práctica, sino más bien la función que cumple en relación a los procesos de institución de las formaciones de subjetividad (individualizadas o colectivizadoras), diríamos que ella habrá de extraer su fuerza justamente del campo de estudios que se ocupan justamente de esa cuestión –de cómo los procesos de transferencia y consumo de los imaginarios circulantes interviene en esa constitución política de lo social, del campo de las relaciones inter-sujetos.
Ese es el campo de los estudios visuales, y fuera de la riqueza que su epistemología más rigurosa le pueda prestar, la crítica no conseguiría escapar hoy de ser mero periodismo.