Tanto las prácticas artísticas como la propia institución-Arte experimentan la tensión impulsiva que la exigencia de adecuación a las nuevas necesidades simbólico-antropológicas de nuestra época proyecta sobre su dinámica. Demasiado rápido, sin embargo, la sacrifican a un impulso de supervivencia que sentencia su miseria. Mientras la indagación creadora de estas prácticas siga sometida al trance del ensayo y error, y éste se vea administrado por el premio-castigo de la institución-Arte existente (cristalizada en mercado y museo), ese nadar en la miseria está asegurado.
Sería preciso establecer un principio de autoridad crítica que permitiera rescatar la lógica del reconocimiento de hallazgo en las prácticas –de su secuestro a manos de la institución existente, en su mediocridad consagrada. Concebida como actividad inventiva (o lo que es lo mismo, productora de concepto) –ella sería el único aliado de las prácticas en su entregarse más noble –al altar de los destinos inciertos.
He aquí una buena razón para reclamar la dignificación de la crítica, y el otorgamiento a su institución recuperada (si fuera recuperable) de una función preferencial de validación de las indagaciones de la práctica: que mientras ellas permanezcan en manos de la institución existente podremos tener la completa certidumbre de que estas continuarán anegadas en su miseria y sin acercarse, ni de lejos, a las transformaciones que su tiempo, el nuestro, les requiere. O lo que es lo mismo, viviendo su existencia zombi, en tiempo prestado.