Inevitablemente, esta transformación de las sociedades actuales que trae a la producción inmaterial al centro mismo de las nuevas economías de producción y consumo genera un fuerte impacto sobre el sentido y función de las prácticas artísticas en ellas. Podemos valorar este impacto a través de 2 grandes signos: el primero, una tensión de absorción de la totalidad de las prácticas de producción simbólica al seno de las industrias culturales y del entretenimiento.
Y segundo, una tensión de transformación de las estructuras que organizaban la forma de su economía alrededor del comercio de la obra de arte como mercancía singularizada (en una consagración de objeto adecuada a su exposición presencial y en contextos espacializados) hacia una economía de distribución basada en la mercantización del acceso y no la de la propiedad. Las tradicionales estructuras de exposición, mercado y colección piden entonces ser reemplazadas por nuevas lógicas de producción, difusión y acceso apoyadas en las lógicas de reproducción y distribución electrónica.
Simplificando, podríamos decir que el movimiento de la institución-Arte en su cristalización actual procura la realización del primero de estos signos sin que se verifique el segundo. El movimiento de la crítica bien podría reconocerse en el intento contrario: que se produjera lo segundo (la transformación en profundidad de las estructuras de la economía social de las prácticas artísticas), sin que lo primero (la absorción cumplida por parte de las industrias del entretenimiento) fuera destino.